El fútbol y la Fórmula 1 se parecen como un huevo a una castaña. Nada. Cero. Sin embargo, el fenómeno Alonso está aproximando estos dos deportes a priori antagónicos a límites hasta ahora inimaginables.
El Gran Circo era un espacio casi prohibido para un país con la gasolina en el ADN, aunque con las 2 ruedas como vehículo preferencial. Sólo unos pocos valientes-locos-emprendedores consiguieron llegar, obteniendo unos resultados más que discretos.
Como ejemplo del nulo impacto de los pilotos españoles en el selecto ambiente de la Fórmula 1, la felicitación del dueño de la escudería Arrows, Tom Walkinshaw, a Pedro de la Rosa tras el formidable sexto lugar del de Cardedeu en el Gran Premio de Alemania de 2000: “No está mal para ser español“, le dijo.
Las escuderías desconfiaban de los pilotos españoles y, en España, nadie creía en la Fórmula 1. Para muestra, un botón: El Mundial que comienza a desatar la alonsomanía, el de 2003, lo ofrece La 2 de TVE con una audiencia ridícula y después que Alejandro Agag (sí, el hiernísismo) le regalara los derechos a la cadena pública para que alguien los explotara.
La eclosión de Fernando Alonso lo ha cambiado todo. Las televisiones han batallado por los derechos de retransmisión de la Fórmula 1, pagando cantidades desorbitadas; la audiencia de cualquier carrera es formidable (el GP de Australia tuvo un 60% de share ); casi todos los equipos con programas de jóvenes pilotos cuentan con algún español en sus filas; las empresas invierten en patrocinio, etc… La Fórmula 1 se ha transformado en un deporte de masas, en un tema más de conversación los lunes por la mañana, mientras procuras digerir que el fin de semana se ha acabado y que a la maldita semana le quedan cinco días.
La popularización de la Fórmula 1 ha comportado también cierta futbolización de una disciplina completamente alejada de las normas y los tempos del balompié. Dejando al margen los cazurros que protagonizaron y todavía protagonizan alguna escena indeseable, pretendemos analizar una carrera como un partido. Un triunfo, como una victoria en un partido, ensalza al ganador a la gloria absoluta, lo sitúa como el principal y único candidato a llevarse el título y a la inversa. Como si trazar una curva fuera lo mismo que disparar a portería y activar en botón del KERS en el momento oportuno, se asemejara a tirar el fuera de juego.
Un día antes de los primeros entrenamientos libres del curso, Fernando Alonso aspiraba a todo, iniciaba la batalla por su tercer mundial. El R-29 era posiblemente el mejor monoplaza de la parrilla, el trabajo de Renault sensacional, las ideas del asturiano para afinar la puesta a punto del monplaza, dignas de un ingeniero, etc…
El quinto puesto del ovetense en Melbourne lo sitúan casi fuera de las quinielas por ganar el campeonato, el bólido francés es un hierro primo-hermano del R-28, los ingenieros del equipo francés unos mentecatos, etc… Ah, y por supuesto, los BrawnGP y sus difusores son ilegales y Ross Brawn un tipo que siempre camina por la cuerda floja.
Los pronóstico tienen 5 días de vigencia. Hasta el próximo Gran Premio, en Malasia. Quizá Alonso se despida de Sepang como serio aspirante al título y los BrawnGP sean una castaña. Ilegal, pero una castaña.
El análisis futbolístico se ha impuesto también en la Fórmula 1. Aunque ganar un Gran Premio nada tiene que ver con meter la pelotita.